Traductor: cabreos y desventuras de una profesión




La prostitución tiene fama de ser el oficio más viejo del mundo. Le sigue de cerca,  probablemente, la traducción e interpretación. El oficio de traductor tiende puentes entre distintas lenguas y culturas. Las empresas les atribuyen rasgos con la idea de Dios: omnipresentes y todopoderosos. Ya lo decía la Biblia: “En el principio era la palabra, y la palabra estaba con Dios y Dios era la palabra.” En el videojuego o libro de moda, en el menú de un restaurante, en la interfaz del móvil… Detrás de estas cosas cotidianas hay un traductor.

Dicho esto, estos profesionales se sienten como el último mono. Agraviados, ninguneados: un gremio unido por la indignación ante el desconocimiento supino de la sociedad sobre el oficio. La siguiente es una recopilación de los métodos más expeditivos para hincharle las narices al colectivo y acabar hecho un guiñapo en foros y corrillos profesionales:

No saber a qué se dedican

Suceso común en un país que cuenta, por lo demás, con titulaciones universitarias específicas para formarse en este campo. Todo puede ser: preguntar al sufrido traductor por la media de libros que despacha, el porqué de su vocación por la interpretación o farándula, o empeñarse en no distinguir entre traductores (medio escrito) e intérpretes (medio oral). No es lo mismo, al igual que un cardiólogo no suele operar tetas ni culos.

I am a translator, baby!




I am a translator, baby!

Hacerles la prueba del diccionario

Preguntar al traductor cómo se dice “esternocleidomastoideo” en tagalo, xhosa o alemán no es recomendable, ni siquiera cuando son, en efecto, sus lenguas A (materna), B (primera extranjera) y C (segunda extranjera). Llegados a este punto, y para disipar toda esperanza de una amistad con el traductor, procede una observación sobre cómo, realmente, no domina las lenguas que estudió. Infalible.

Poner los ojos en blanco, suspirar, repetir.Poner los ojos en blanco, suspirar, repetir.

Que el diccionario salga ganando

“Yo hago eso con el diccionario.” El traductor que oye tal burrada debe reír y, a lo sumo, explicar con cortesía por qué acaba de aumentar el precio del popular alimento horneado a base de harina, levadura y agua. Error. No por contar con un par de piernas se llega a competir con Usain Bolt, y poseer un órgano para la cópula no equivale a completar el Kamasutra. El diccionario es una herramienta más al servicio de profesionales que cuentan con una formación específica, una experiencia dilatada o ambas.

Traductor no es todo el mundo

Tres semanas en Londres, la academia del barrio y, en general, la soltura de ese primo, amigo o conocido con la lengua de Shakespeare le capacitan sobradamente para traducir. Es algo tan elemental como la necesidad de ser licenciado en Medicina para operar, Derecho para dirimir el divorcio de los vecinos o Arquitectura para diseñar el techo bajo el que se duerme. El intrusismo laboral afecta a unos más que a otros.

Los deseos de todo traductorLos deseos de todo traductor

Poner en duda su futuro frente a las nuevas tecnologías

Ciertamente, la cuestión lleva años presente dentro del propio gremio. El desarrollo tecnológico ha traído consigo todo tipo de herramientas en el ámbito de la traducción. Algunas diseñadas para ayudar al profesional, como las relacionadas con la traducción asistida por ordenador (TAO), mientras que otras se contemplan como fuente de hilaridad, aprensión e ira a partes iguales.

Hoy por hoy, sin embargo, parece improbable la sustitución definitiva de las personas por las máquinas que crearon. Ofrecer Google Translate como ejemplo descalifica para el debate.

Querer llevárselo gratis (o casi)

Queda para el final el puñal más doloroso en el corazón de estos profesionales, afilado por todas las situaciones antes expuestas: el peculio. El precio escatimado hasta lo irrisorio del cliente que lo quiere bueno, bonito y barato o amenaza con irse. El morro de quien no soñaría con regatear la ortodoncia o anunciar al cajero que se va a llevar todo un carro de la compra por la mitad, pero cree que puede decidir el precio de la traducción que encarga o recibirla gratis a cambio de promoción.

En una profesión en la que se cobra por tiempo y palabras, a menudo solo queda como respuesta recordar, con buen humor forzoso, la necesidad de economizar con el lenguaje. Ahí queda dicho.

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