Editar en tiempos revueltos: Jekyll&Jill




He quedado para comer con los editores de una de las editoriales que me chiflan. Llevaba meses intentando encontrar la manera de tener este hueco. «¿Por qué le gustan tanto?», no se preguntarán ustedes, seguramente. Pues qué sé yo, tampoco me lo he preguntado yo nunca, fue inmediato y natural, desde el primer libro suyo que palpé con estas manitas en una de mis librerías. Hacen libros tan tan bien, que hay que quererles. Es algo así, poco más.

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Recuerdo por fin lo que estoy haciendo, que luego voy a tener que escribir sobre la charla, darle alguna forma, cuando llevamos qué sé yo departiendo, al salir el tema de las presentaciones de libros en librerías, teatros y cafés. Me estiro entonces en mi silla, abro los ojos más, retiro la cerveza que me estoy tomando, y escucho ya en serio —enciendo la grabadora, esto es—, pongo por fin la cara de ser capaz de sacar grandes conclusiones, sentar cátedra, escribir luego el artículo del siglo.

Jessica Aliaga: Hicimos una presentación en una librería, con concierto, de Doppelgänger. Fue una pasta.

Víctor Gomollón: Estuvo muy bien, vino mucha gente… Vendimos un libro.

Que no es un gran negocio esto de las presentaciones de libros, vaya.

J. Nos gastamos una pasta en el viaje, el hotel, el alquiler de la librería, el vino y el jamón…  Todos encantados, sí, lo pasamos muy bien, pero no es nada rentable. Hacemos una presentación con cada libro para darle gusto al autor, que vengan sus amigos, su familia, etc. Que disfrute ese día. Como deferencia hacia él. Pero nada más.

V.  Hay autores que se lo curran mucho ellos mismos. Y eso está muy bien. Hacen sus minigiras

J. No conocemos ninguno

V. No, claro, no nos ha pasado. Pero sabemos que existen.

J. Se hace por el autor, entonces. Ellos te entregan el manuscrito, y luego todo el proceso, hasta ver el libro cuando reciben el paquetito en casa, queda en nuestras manos. La presentación es como su día. Ahí lo celebran, están en contacto con la gente. Y para nosotros creo que también es una manera de decir «Ya está, lo hemos terminado», y pasar a otro.  Es una celebración.

Pero que no es rentable, ¿no?

[Sé que ya han contestado, es solo que es un tema que me interesa y no comprendo cómo va. Veo a diario esas a todas luces costosísimas —en tiempo y en dinero— campañas de promoción, enormes despliegues de medios hablando sobre libros que, en muchos casos, además, valen —en mi modestísima opinión— un pimiento y  menos, y me lo pregunto de forma recurrente, tantas presentaciones, de acá para allá con el autor y su libro. ¿Qué partido se le saca a todo eso? ¿Acaso así es como se venden libros o qué pasa aquí?]

V. En absoluto, todo lo contrario. Es un gasto.

[No entiendo nada. Es una de esas cuestiones tipo por qué vende más discos Melendi que Bonnie «Prince» Billy]

Luego está también que, por alguna extraña razón, llevamos pocos libros editados, sí,  pero ya tenemos bastantes autores catalanes. Y aquí en Aragón, cuando hemos hecho presentaciones de sus libros, no tienen mucho tirón, no suelen abarrotar locales. En Aragón el público es más de ir a las presentaciones de sus amigos; no les suele interesar descubrir nada ajeno a su círculo (con excepciones, por supuesto).

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Y mujeres, ¿por qué se publican tan pocas obras de mujeres en relación a hombres? ¿Es también por lo del tirón?

J. Nos llegan muchos menos manuscritos de mujeres. Nosotros hemos sacado ya a tres mujeres: Carme Tierz, Antònia Escandell, Alejandra Acosta… y vamos a publicar a Eva Figes.

V. Y autoras de cubiertas, como Arantxa Recio y Sobelman Corta y Pega. En nuestro caso va un poco de la mano, y no hay ninguna intencionalidad.

Hay quien dice que la mujeres somos más complicadas que los hombres, que por eso se acaba eligiendo a hombres para según qué.

J. Hombre, hay de todo. Yo, por ejemplo, soy muy exigente. Y con Víctor funciono muy bien, pero con otra gente puedo tener problemas. Con la mediocridad tengo un grave problema, es algo visceral además, porque yo lo soy. Y contra las injusticias. Víctor, sin embargo, ha aprendido a controlarse mejor.

V. Es la edad. Nos llevamos diez años, y eso se nota. Lo veo así. Yo soy más mayor. Y no lo digo con un tono paternal, en plan «Ay, este potrillo…», ni mucho menos. Con la edad de Jessica hubiera actuado como ella en muchas ocasiones.

J. El caso es que si algo no se publica es porque es malo, no porque sea mujer la que lo ha escrito. Eso es irrelevante. Ahora bien, en tanto a los manuscritos que nos llegan: la mayoría, el 95%, es mierda. «Oiga, para hacer esto, quédese usted en su casa haciendo cualquier otra cosa más provechosa».

V. Pasa con hombre y mujeres.

J. No, a ver. Ellos pierden más el tiempo, tienen ese ego. Las mujeres suelen querer perder el tiempo menos, no tienen tampoco esa necesidad imperiosa de querer alimentar el suyo, ya sea porque no lo tienen, ya sea porque al final deciden dedicarse a otras cosas más productivas. En hombres te lo encuentras mucho, ayer lo hablaba con Víctor, un caso que me había llegado: «Fulanito ha escrito un libro, ahora que se ha jubilado». El tema de tener un hijo, plantar un árbol y publicar un libro. Creo que las mujeres no tenemos esa necesitad de reafirmarnos.

V. Y que no es necesario. Es decir, si lo haces bien, sí. Pero es que es tan trabajoso, cuesta tanto que, macho, si no lo sabes hacer… ¿para qué? Por otro lado, es muy fácil ofender a un autor. Y es comprensible: ha invertido mucho esfuerzo.

J. Yo he publicado en el extranjero, y noto la falta de perspectiva. La media, en el mundo académico, desde que sacas un texto hasta que te lo publican, son dos años. Aquí no contestas a las tres semanas y te montan un pollo. O lo de mandar manuscritos a distintas editoriales. Eso en el mundo académico es impensable. Y creo que es España. Nos ha pasado que hemos recibido insultos por no leer un manuscrito.

V. O ese poeta que nos aconsejaba, cuando le dije que nosotros no publicábamos poesía (no por nada, hay editoriales de poesía que lo hacen muy bien), que lo hiciéramos para mejorar nuestro sello.

J. Es que hay que saber. En mi caso, por ejemplo, he estudiado diez años literatura, y casi no controlo de poesía, no me he especializado en eso. Creo que el editor ha de saber sobre aquello que publica. Hay mucha poesía mal traducida. Tanta, que muchos jóvenes creen que la poesía en prosa es escribir todas las frases con punto y aparte.

V. Probablemente para un autor sea importante leer mucho para poder descartar el hacer algo que ya se ha hecho antes.

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¿Y cómo os conocéis vosotros?

V. Por internet. Teníamos un blog cada uno. Era un pasatiempo. Yo era joven e inexperto. Hacía críticas muy duras.

J. Era algo que hacíamos para gente que conocíamos… Montamos la editorial por Tarkovski.

V. Sí, es verdad. Yo soy un enamorado de Tarkovski. Lo amo.

J. Me dejó un comentario en una foto que había subido a mi blog: «Oh, Tarkovski». Y supe que nos entenderíamos, al menos en términos estéticos. A veces, cuando haces fotos, tú sientes un fotógrafo, o un cineasta, pero no esperaba que lo viera nadie ajeno a mí.

V. Había unas referencias claras que podían recordar a Stalker. Y así comenzamos a hablar, así fue cómo nos conocimos. Yo tenía que hacer una cubierta para un disco, un vinilo, en una época además que parecía como el reinicio del vinilo para el sello de un amigo (Grabaciones en el Mar). Me hacía falta una imagen y pensé en esa foto, que no tenía mucho que ver con el disco… Y le envié un mail.

J. Nos conocimos en persona en la presentación del disco. Luego, más tarde, Víctor me hablaría de que iba, con otro socio, a montar la editorial. Aquello no salió y justo heredé 2.000 euros, que utilicé para fundar la editorial. Víctor maquetó mi tesis, antes de todo esto. Me llevó a conocer papeles, me contaba cómo se encuadernaba… Y me iba explicando: esto es una viuda, esto no se puede hacer, etc.  Me traspasó la pasión que le pone. Él ama hacer libros. Y, claro, contagia.

¿Y de dónde viene ese amor por el libro?

V. En mi familia había una pequeña colección de libros. Además, poco interesante.

Me dijiste cuando esperábamos a Jessica que tu familia era australiana.

V. No, en absoluto. Pero australiana mola. Es mejor que lo que dije: tenían un restaurant. En casa había, como digo, unos cuantos libros. Mis padres se preocuparon porque los hubiera, eso fue bueno, aun cuando la selección fuera mala. Tenían, por ejemplo, las colección completa de los premios Planeta que le compraron a un señor que llegó por allí vendiéndola.

Pues qué pena que no fueran australianos.

V. Molaría, sí. Es una lástima.

[Aún sigo pensando que dijo australiana, pero bueno]

De toda la vida me han gustado los libros, como objeto perfecto; está muy bien pensado.

Sigamos: Tarkovsky, pasión común por los libros, muerte de un pariente, la herencia… Teníais que montar una editorial, no podía acabar de otra forma.

J. Tardamos un año, hasta que reunimos el dinero. Hablamos con libreros, con distribuidores. Fuimos al primer encuentro Otra mirada de Cálamo. Firmamos la semana siguiente

V. Sí, fuimos de ilegales. Llamé a Paco Goyanes, lo conocía de hace años, pero no se acordaba de mí. Lo convencí: «Vamos a montar una editorial, confía en nosotros, es muy importante estar allá para nosotros». Y el tío me dijo: «Venga, adelante». Y fue fantástico. También un poco mágico: editores, distribuidores; todo el mundo estaba allí.

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Engañasteis a Paco, entonces.

V. Confió en nosotros. Es algo que tenemos que agradecerle.

J. Y ahí ya empezó algo muy jekyllyjill: nos teníamos que turnar para ir a las ponencias, solo podía ir uno de los dos. Así que yo iba por las mañanas —soy más diurna— y Víctor —nocturno— a las de por las tardes.

V. Tengo problemas para dormir porque mi señora (¿esto se puede contar?) algunas noches, cuando tiene pesadillas, grita. A las dos o tres de la mañana, grita. Poco. Pero grita. Y, claro, me despierta. De ahí los horarios que llevo. Hoy me he despertado a las dos así, y ya no me he vuelto a dormir.

J. Cuando su señora no está hace lo mismo, no le creas. Es nocturno y punto.

Y llega, después de Cálamo, el primer libro. Un libro que con el que ya ganáis un premio. Adelante. Contádmelo todo.

J. Sí. Fue con un autor con el que yo había ya trabajado en una editorial anterior. Víctor diseñó la portada. Ya con este primer libro se nos ocurrió dar un regalito, un poco por la tontería de ser el primero, pero hemos continuado haciéndolo.

V. Fue un premio al libro mejor editado.

[Ufanos aquí ambos]

Hablando un poco de todo —total, esto no lo lee nadie—, me llama la atención la gran complicidad que hay entre vosotros, no os conocéis hace tanto, tampoco sois pareja…

J. Sí, y es fundamental. A veces, hay momentos de gran tensión: muchísimo trabajo, algunas penurias y a veces cansancio. Si no hay complicidad entre nosotros, confianza, humor, sería imposible. También es cierto que al no ser pareja todo es mucho más relajado.

Es que os embarcáis en proyectos muy arriesgados, ¿no?

V. Sí. Y me preocuparía si no fuera así. Es decir: por fortuna es así. No es algo premeditado. Del Enebro probablemente empiece a ser rentable ya en la cuarta edición. Fue muy costoso.

Por ello hemos querido mantener en esta traducción la sonoridad del original, así como el estilo romántico de la sintaxis (abundante en aliteraciones, paralelismos, anáforas y quiasmos, de gran sonoridad, significación y lirismo), puesto que creemos que la forma y estructura del cuento son inseparables de su significado.

Jessica Aliaga, en una nota previa sobre la traducción de Del Enebro.

Pero es muy barato, solo cuesta, siendo el libro que es, 22 euros.

V. No lo vemos así. Con este libro lo que hice —teníamos ya una prueba de imprenta— fue pasarme por varias librerías. Hubo un librero, un buen librero, que me dijo: «11 euros». Otro, también muy buen librero, me dijo: «Se podría vender por 50». Tiramos al final por la calle de en medio.

La intención no era sacar solo un cuento y ya está. No queríamos sacar una selección de cuentos de los hermanos Grimm. Este es mi cuento de la infancia. De niño tenía una edición de Labor, un recopilatorio bueno de los cuentos, de los años 60 y mi cuento era justo ese. De ahí surgió. Ya de niño hacía ediciones de libros. Quería ser editor. Era mi sueño.

¿No querías ser bombero, astronauta, psicoterapeuta?

V. No. Yo lo que quería es ser editor. Cuando tenía catorce o quince años hacía fanzines. Iba por los bares dejando fanzines que dibujaba. Luego me pasaba, al mes… y no me pagaban, pero me invitaban a una caña; es decir, no cobraba, pero llegaba borracho a casa. Era una dinámica que estaba muy bien, yo era un crío tímido y me ayudó todo aquello a aprender a desenvolverme un poco.

El caso es que como no tenía posibilidad, por falta de medios, de montar mi propia editorial, comencé a trabajar para otros. Me he pasado buena parte de mi vida maquetando libros para otros. Tengo pilas de libros con fotos de pueblos y montañas. Todos horrorosos. Por eso odio en igual medida los pueblos y las montañas. Y los bailes regionales. Bueno, todo lo que tiene que ver con las tradiciones lo odio mucho.

J. Eso le ha dado una visión acerca de lo que funciona y lo que no. Mirando el otro día un libro sobre masajes eróticos que había hecho Víctor pensaba en esto.

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[Tal vez, llegados a este punto, o cuando ya vayan a una librería a buscar los libros que hacen, se pregunten si todo esto es literatura, ficción, un invento mío… Pues bien: no lo es; son de verdad así]

V. Bueno, bueno, no sé, no se ha traducido, de momento, en cifra de ventas…

¿Se miente mucho sobre esto, sobre lo que de verdad se vende?

V. Es posible. Nosotros no, no hay razón para ello.

¿Cuánto tenéis que vender de un libro para decir «ea, no ha ido mal»?

V. Depende de la edición. Nosotros ahora con el problema que nos encontramos es que nos da pánico hacer tiradas mayores aun sabiendo que esas tiradas abaratarían el coste total de la tirada.

J. Ya. Pero es que hasta ahora solo hemos agotado una edición. La de Del Enebro.

Varias, de hecho.

J. Sí, sí, vamos a imprimir la cuarta reedición. Pero solo de ese.

V. Imprimimos de cada libro que publicamos de 700 a 900 ejemplares. Sabemos que si pudiéramos dar el salto para llegar 1.500 o 2.000 el precio de imprenta sería mucho más barato. Por ahora no es así. Es muy caro.

J. Ponemos el precio a los libros para cubrir gastos ajenos. Nosotros ganamos 0 euros. Y, sí, ya, esto es muy estúpido, pero es que si ponemos un libro a 25 euros no te lo compra nadie.

V. Ese es el problema.

J. Lo que conseguimos así, ajustando tanto, es que las ventas permitan que cobre el impresor, el autor… Por eso Del Enebro cuesta solo 22 euros. A costa de que el maquetador, diseñador, corrector, traductor, los que pegan los hilos… no cobren un duro: somos nosotros mismos quienes lo hacemos. Somos mano de obra barata.

V. Aun así, me he encontrado blogs en los que se hablaba del libro muy bien, sí, «Es maravilloso», «Pero es tan caro…»

La gente de la calle no sabe lo que cuesta hacer un libro, tal parece, entonces.

J. También es cierto que antes había mucha ayuda pública que tergiversaba todo esto.

V. Para cobrar nosotros tendríamos que vender mucho más.

J. Meter droga en los libros. «¿Lo quiere con o sin?»

¿Dónde imprimís?

V. En una imprenta de acá, un pequeño taller. Son muy buenos. Paco y Stella llevan toda la vida trabajando en el mundo de la impresión. Y les gustan los libros como a pocos. Por mi trabajo muchas veces me toca tratar con imprentas grandes, pero me siento más cómodo con las pequeñas. El trato es más personal. Ellos, además, son coleccionistas de objetos de precine, de cámaras fotográficas antiguas. Nos unen pasiones afines.

Tenéis libros de fotografía, también muy baratos.

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J. No se han vendido tan bien como esperábamos, y eso que el precio estaba ajustadísimo: 15 euros cada uno. En la presentación en Logroño vendimos solo un par de ejemplares, y hubo lleno, vino muchísima gente y a todos les gustaba mucho, pero no compraron. Tiramos menos ejemplares sabiendo que era difícil.

En la presentación que hicimos aquí en Antígona vendimos más, pero es que nos desnudamos todos.

V. En esa presentación pasó una cosa muy graciosa, además. Vino un amigo que tiene un blog, y tiró también unas fotografías, las subió directamente a su página, y se la cerraron. Había como un detector de pezones, o de glandes, qué sé yo. Y luego fue peor, porque nos encontramos con amigos, con libreros, que nos decían «Vaya putada que le habéis hecho a este».

J. El desnudarme en una librería que llevo visitando diez años fue algo increíble para mí. Ahora cuando voy a una echo de menos el no poder hacerlo.

Personalmente, estoy muy contenta con esas libros, cómo quedaron. Fue un poco cabezonería mía, por mi amor a la fotografía. Víctor me lo advirtió: «No vamos a vender nada, vamos a perder dinero». Es verdad que hay mucho libro caro de fotografía, no libros como estos. Los nuestros son libros, aparte, muy íntimos, universos masculino y femenino, momentos de mirar muy de cerca, no se trata de un gran despliegue. Se trata también de amor por lo analógico. Es un proyecto muy personal.

J. No publicamos para el lector que lee dos libros al año. Publicamos para gente ya con un cierto nivel intelectual y un cierto gusto. No creo —espero que no— que estemos nunca entre los 10 libros más leídos de la temporada.

V. Cuando nos decías antes que somos editores de los que se arriesgan, yo es que creo que no sabemos hacerlo de otro modo. Igual sí que podemos llegar a saber qué tipo de libro sacar para que se venda mejor, pero si eso implica que el que lo escriba haya tenido que sufrir de alguna enfermedad, o que le hayan tenido que amputar una pierna, o que sea amigo de ciertos políticos, o que trabaje en televisión, no lo vamos a hacer. Porque es feo, y no forma parte de nosotros, de lo que queremos hacer.

J. Hay editores que nos dicen esto: «Sacad un bombazo y el resto ya lo que queráis». Pero es que no. Yo me sentiría sucia. Es algo impensable para nosotros.

El segundo libro, Doppelgänger.

V. Fue un libro que sacamos con mucha ilusión.

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J. Un libro de editor, además. Pensamos en un tema, «El doble»,  con el que nos sentíamos identificados —ya el nombre de la editorial lo dice: somos dos, somos muy diferentes—. Entonces, propusimos este tema, para relatos actuales, convocamos a una serie de autores y les hicimos el encargo. Y fue un trabajo bastante rápido: les dimos  una fecha, entregaron a tiempo, escribimos el prólogo, contactamos con la ilustradora. No fue complicado, pese a estar tanta gente implicada.

V. Nos dijimos: «Qué fácil es esto».

J. La complicación fue en las librerías, por el nombre, por lo de ser varios autores… «No sé cómo meter esto en la base de datos».

V. El nombre lo decidimos estando borrachos. Dije yo «¡Doppelgänger!» (Porque me lo había contado ella, yo no tenía ni idea)

J. Un capítulo de mi tesis iba sobre El doble. Es un tema que siempre me ha gustado mucho. Doppelgänger es una palabra alemana, creo que me la enseñaron en el cole; mi madre es holandesa, yo fui a un colegio alemán. Allí es muy común hablar del doble. Está muy anclado en la tradición. La identidad, en general, es una idea que nos atrae a los dos.

En el caso de este libro, además, pensamos que podía ser una carta de presentación de los autores con los que nos gustaría trabajar en el futuro. El primero fue más clásico, en este nos dejamos llevar un poco más.

Luego sale El otro McCoy, que tiene una de esas portadas que venden libros; la gente lo compra por la portada, da igual de qué vaya luego el texto. ¿No?

V. La intención era que tuviera aspecto de novela de viaje.

J. La foto la hice yo, es de cuando viví en Edimburgo. El problema —la complicación— de esta novela es que está escrita en inglés y en escocés, y a la hora de traducir el localismo se perdía. Así que decidimos traducir esto con la cubierta, a través del paisaje. De manera que el que estaba en Edimburgo lo viera y dijera, «Esto lo conozco». Creo que fue un acierto. En vez de ponerlo a hablar en andaluz, por ejemplo.

V. Ha pasado esto, que a muchos lectores que conocían la ciudad les ha encantado la edición.

Hay algo que nos gusta mucho: ese libro que tú compras porque te parece atractivo, puede ser que por la cubierta, luego tiene elementos que tú descubres cuando vas avanzando en la lectura. Puede que venga por el cine, cuando ves esa película en la que aparece un gato que no cobra sentido hasta que llega una determinada escena que, de pronto, explica su presencia. Es algo detectivesco, que nos gusta mucho en los libros. Lo hemos utilizado varias veces, algo que nos sale de forma bastante natural. Tampoco se trata de que el lector pille todos los guiños: algunos son muy personales, o muy puñeteros.

Luego llega El libro de los milagros, de Carme Tierz.

J. Sí. Fue un manuscrito que nos llegó. No estábamos tan agobiados como ahora de trabajo y lo leímos. Nos gustó.

V. El libro de Carme son relatos. Leímos el primero, y ya nos emocionó. Pero es un género difícil, se vende menos. Y es una autora, que también venden menos que los hombres. Es así. La ilustradora es Elisa Sobelman, que también nos gusta mucho. Funcionaron muy bien las dos juntas.

J. Recuerdo que acabamos de cerrar todo el libro un sábado a las 3 de la mañana, estábamos todos conectados a esa hora. Qué triste.

Alejandra Acosta.

delenebroJ. Es una persona muy especial.

V. Tiene la idea de que somos un equipo. El trabajo con Del Enebro fue muy intenso. Intercambiábamos del orden de 30 correos al día. Hubo un momento en que estuvo a punto de dejarlo, estuvo a nada de no salir el libro. Porque no me aguantaba. Soy muy puntilloso, qué le voy a hacer.

[Hace un tiempo, cuando fui a visitar la librería de Ciro y Carolina, me lo contaba esta: «¿No ves cómo en la lámina que va en Del Enebro de la cabeza de Víctor sale mucha más sangre?» ]

J. Tardó en ver que iba a funcionar. Ahora está encantada. Las discusiones son por la emoción, por la pasión que se pone. Al final la cosa fue tan intensa que ya la hemos engatusado para el próximo libro, un fabuloso ensayo de un astrónomo holandés del siglo XVI que será ilustrado por Alejandra. La idea de este libro surgió de manera muy especial.

V. Viendo un capítulo de Cosmos, vi cómo Carl Sagan mencionaba un antiguo ensayo sobre la vida en otros planetas, y en ese momento sentí que teníamos que publicar ese libro.

J. Sí, fue algo mágico. Víctor me llamó para contarme la idea, y me dijo que veía el libro con una maravillosa luz dorada, y entendí que significaba aquello de la luz dorada. De hecho, mi novio me llegó a decir que creía que los extraterrestres habían influido a Víctor, que es más escéptico que yo, para que publicáramos este libro, porque era importante. Así que lo haremos, con Alejandra.

Luego viene un libro muy particular: Menos joven.

J. Sí. Conocíamos a Rubén Martín Giráldez por el relato para Dopplegänger. Cuando nos envió el manuscrito del libro, a las quince páginas yo ya sabía que lo quería publicar; tiene una prosa tan buena. Tenía la sensación de haber descubierto algo grande.

V. Entró muy bien en librerías, pero nos han devuelto mucho. Lo cual es preocupante, porque es un libro muy muy bueno. A mí me entró como el agua.

J. Hay mucha intertextualidad, mucho guiño. Lo pasamos pipa haciéndolo.

V. La cubierta es un homenaje a Galimard. El impresor tenía varios en casa y buscamos cartulinas, papeles… Tan es así que hace poco, en La Central de Callao, estábamos viendo libros y cuando vi los auténticos los vi como una copia. Fue una copia canalla la nuestra. Les escribimos para contarles lo que íbamos a hacer.

J. No respondieron…

V. Nos hizo mucha ilusión. Esa figura del engaño nos pareció muy divertida.

J. El editor también como un timador.

Ha tenido muy buenas críticas.

J. Un panadero local nos hizo una reseña terrible: decía que era un libro malo, y que se había hecho antes. (Sí, has oído bien, es un panadero; ahora los periódicos no tiene para pagar a reseñista o críticos profesionales.) Aun con todo, estoy muy satisfecha. Es como con los libros de fotografía, quizá no se aprecie ahora, pero yo sé que es muy bueno. Ya llegará el reconocimiento.

Somos fetichistas de nuestros libros, tenemos que decirlo. [A Víctor:]  ¿Tú has dormido con libros tuyos?

V. Sí, sí.

J. Más que sexual es erótico, sensual. Me ha pasado de tener la sensación de estar engañando a mi pareja, al disfrutar tanto con algún libro.

V. Sí, forma parte del deseo. Y en mi caso, durante la infancia, fue un engaño a la realidad. Fue una infancia monstruosa y me metí por eso en los libros. Cuando me encuentro con gente que me dice: «La lectura es buena para los niños» Bueno, a mí me ha servido. Pero al niño que no le guste leer, déjalo que juegue, que sea feliz a su manera. La lectura no tiene por qué ser buena. A veces puede ser enfermiza, puede ser algo dramático. Después de llevar muchos años leyendo he llegado a la conclusión de que hay libros dañinos. A mí esa idea de que la literatura, el hecho de leer como tal, es algo bueno, es algo que me preocupa.

J. Bueno, a ver, si a través de la lectura de libros malos se aprende el hábito de la lectura… Leer no es fácil. Requiere un esfuerzo. Cuando ya has automatizado ciertos recursos es cuando en realidad disfrutas.

V. Sí, esto que digo lo digo con cierta ironía. Es más, la búsqueda de una lectura placentera te lleva a la lectura de los peores libros, literatura demasiado fácil. Nosotros, si tenemos un problema como editorial, es precisamente ese, que no buscamos literatura fácil.

J. Esto del ocio y leer como entretenimiento es nuevo. La literatura es transmisión del conocimiento. Nada que ver con el placer. No siempre, al menos.

Cómo qué.

J. Ahora. Pero cuántos años llevas sufriendo. Recuerdo cuando mi padre me dio Platero y yo para que me lo leyera. Qué puto coñazo.

V. Ahora yo lo reivindico, a Juan Ramón  Jiménez. Cuando lo lees de mayor mola. Lo defiendo porque me parece que es un tipo muy colorista y  molón, me divierte. Era, or cierto, como tipógrafo, un tipo muy puñetero. Lo odiaban: se ponía al lado del tipógrafo para controlarlo todo. Y yo he de decir que he aprendido mucho de las ediciones de Juan Ramón Jiménez. Era muy bueno, fantástico.

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«En novela hace tiempo que nada me hacía disfrutar tanto como Deshielo y ascensión, narración a cuatro voces que nace entre los hielos y acaba en otro planeta, pertenece al género fantástico pero no rehúye el terror, la sátira, el debate tecnológico y el relato de aventuras», escribe Fernando Savater en El País estos días. Álvaro Cortina, el autor de Deshielo y ascensión, ¿cómo es?

J. Antes de conocerlo no sabíamos por dónde pillarlo. Nos envió el manuscrito, no lo conocíamos, no sabíamos nada de él. No es una persona nada pública, no tiene Facebook…

V. Mi primera relación con Álvaro fue con su novia.

Hombre, dicho así…

V. Fue así. Al poco tiempo de salir el libro, estábamos en la muestra de editoriales de Poetas por km2 y vino su novia a saludar. Nos hizo mucha ilusión. Hasta ese momento sabíamos poco de él, pero su obra nos pareció muy interesante. Es filósofo, experto en filosofía alemana. Además es crítico de teatro en El mundo. De todo esto nos enteramos después. Nos llegó el manuscrito y nos gustó mucho, fue inmediato.

J. Antes incluso de acabar de leerlo sabíamos que íbamos a publicarlo.

V. Y esto pasa pocas veces, que te llegue un manuscrito, que lo leamos por separado y  coincidamos de esta manera.

J. Todos los libros son de los dos, estamos de acuerdo. Si uno de los dos no está convencido, no se saca. Unanimidad.

¿Y lo de Antonia?

V. También fue muy rápido.

J. Está muy bien escrito, el análisis crítico está muy bien desarrollado.

V. La autora fue muy inteligente por mail. Fue muy agradable, también muy humilde. «Creo que este libro os encaja».

J. Se había leído el catálogo, cosa que rara vez ocurre. Nos han enviado novelas históricas… «¿Pero tú te has mirado el catálogo?».

V. Antonio empezó muy bien. Un libro sobre un mediometraje —otros lo llaman cortometraje, son veintisiete o veintiocho minutos— que nos gusta mucho a ambos. Es una película muy especial. Recuerdo que lo empecé a leer porque ya el tema me interesaba. Además, estaba muy bien redactado. Recuerdo que te escribí rápido [a Jessica]: «Esto sí, socia, me gusta mucho».

J. Luego trabajamos mucho el texto con la autora, que aceptaba las sugerencias, volvía a documentarse. Aprendimos a comprar derechos de fotografías… Luego fueron los dibujos de Víctor.

V. Sí, fue una idea un poco descerebrada: «Ya lo hago yo». Un trabajo infernal. Había una intención de plasmar las imágenes de forma gráfica, pero a la vez no intervenir. Sí hay trabajos con dibujos más libres anteriores sobre La jetée. En nuestro caso la idea era reproducir la imagen tal cual. Me gustaba mucho esa idea por un libro que tengo de los años 60 en el que utilizaban esa forma de trabajar. Es la antiilustración, el ilustrador lo único que hace es copiar, no interviene. Es decir, de algún modo sí interviene… quiero decir que lo hace sin intención de intervenir.

J. Así conseguimos que un ensayo muy sesudo sea también muy ameno.

V. Incluso, hablándolo con gente, me decían: «Es que un ensayo no se ilustra». Fue cuando lo vi: «No, no. Todo lo contrario: si un ensayo no se ilustra tenemos que ilustrar el ensayo». Nos gusta mucho esa idea de mezclar géneros. Es sano.

Ahora acabáis de publicar un libro que es una maravilla absoluta, me encanta, sin concesiones, sin ningún pero: El Hombre en azul

No busco. Encuentro algo o soy encontrado por algo. Algo que no buscaba y que me arrastra. Eso es lo accidental. Si yo buscase de manera automática lo accidental, todo sería una farsa. Una cosa es ser guiado de manera inconsciente hacia lo accidental y otra diferente ser el guía del accidente. Eso es lo que distingue al que falsifica del que crea.

[Fragmento de Hombre en azul]

sobrecubierta hombre en azulV. Otro libro híbrido. Óscar Curieses se viste de Francis Bacon, el pintor, para escribir unos diarios muy personales. No se sabe bien en qué lugar está la frontera entre Bacon y Curieses. Son un autorretrato de Bacon, pero también de Curieses. Es un libro que puede leerse como una selección de entradas de unos supuestos diarios, pero también como narrativa de ficción y como ensayo. A mí siempre me ha interesado mucho indagar en la frontera de lo que se considera real y el fake, lo decíamos antes. ¿Cuánto de verdad hay en una autobiografía? ¿es más fiel una autobiografía o una biografía escrita por otro? ¿Cuánto de verdad hay en un libro de historia y en qué medida influye que el autor sea de una u otra nacionalidad y tenga unos u otros gustos políticos? ¿Estos diarios apócrifos de Bacon podrían ser más reales que los escritos por él? Si los lectores se plantean cosas así durante su lectura, podemos darnos por satisfechos. 

J. Conocimos a Óscar tras la publicación del libro. Vino a firmar ejemplares en el Día del Libro. Resultó que además es encantador. Fue súper agradable estar con él. El libro se compone de tres cuadernos, de tres diarios de los últimos años de Bacon, y termina con un sueño del pintor en el Museo del Prado. También nos interesan mucho los sueños y lo onírico, más como estado mental que como recurso romántico. Yo estoy obsesionada ahora con la consciencia y sus diferentes (e infinitos) estados. Será por la falta de sueño que llevamos los dos.

El siguiente, Mansa Chatarra, también tiene que ver con los sueños

J: Es una selección de textos ya publicados y otros inéditos de Francisco Ferrer Lerín cuyo vínculo es lo onírico. La selección la preparó José Luis Falcó, profesor de Teoría de la Literatura de la Universidad de valencia.

V: Con Ferrer Lerín ya habíamos trabajado en una ocasión anterior. Él escribió el prólogo de Del enebro. Pensamos que un escritor y ornitólogo que había publicado artículos sobre canibalismo era idóneo para ese texto. Bueno, además, somos admiradores de toda su obra. La cubierta es preciosa, surgió de forma natural y mágica, Sobelman Corta y Pega subió a las redes sociales un collage que acababa de hacer. Nada más verlo me dije «Esta es la cubierta perfecta para el libro de Ferrer Lerín», luego Sobelman nos contó que ese collage de lo que hablaba precisamente era de lo onírico. Son bonitas casualidades, cosas mágicas.

Mentía sin necesidad o tal vez necesariamente. Le obligaba su oficio a ello y purgaba el pecado sumiéndose en lo que odiaba. Así al preguntarle: «¿Dicen que dices lo que no piensas?»; él respondía: «Simplemente porque los amo».

Fragmento de Mansa Chatarra.

J: Lo presentamos en Cálamo y luego también en la Feria del Libro de Jaca. Francisco es de Barcelona pero vive allí desde 1968, cuando dejó de escribir para ocuparse por entero a su trabajo como ornitólogo.

V: Pero luego volvió a escribir, y eso es algo que todos celebramos. Este es un libro maravilloso.

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Os he visto en la revista bostezo, en este último número sobre el fracaso.

V. A Paco Inclán se le quiere, es una gran persona. Esto es un concurso: se pedía a los participantes que enviaran sus fracasos. El jurado, del que formamos parte, ha de votar el mejor.

J. Son más intentos fallidos, aquello que ideas con una intención, pero que no sale.

Para acabar, ¿qué estáis preparando?

Los próximos meses los dedicaremos a terminar y pulir la traducción de La versión de Nelly, de Eva Figes, a traducir el ensayo del astrónomo holandés y a trabajar con Alejandra en las ilustraciones, y a leer manuscritos que nos vayan llegando…

[Amén.]

 Fotografía: Jesús Llaría.

 




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